Sobre costales y pellejos de carnero
bajo la confusión de las rocas caídas de los cerros golpeando las esteras de metal de la casa
con olor a barro matinal, de vegetación, tierra y lluvia.
Pasaba la procesión de antorchas y jolgorio invadiendo las calles, y nuestra acera, invadiéndonos de esencias de azahar y sahumerio
con una fiesta de colores, de arpa, jumbor y tinya.
Te quise a ochenta y dos grados, a miles de metros sobre el mar
y hasta el resoplo con humo pardo del café, que se asfixiaba en el fogón.

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